Martha era siempre la primera en llegar y la que terminaba quedándose sola en la escalera. Fueras a la hora que fueras, ella ya estaba ahí. Según que días, realmente parecía que había pasado la noche apoyada en la barandilla, fumando; la misma ropa, el mismo despeinado, el mismo semblante agotado, pero sonriente. Siempre se alegraba de verte. Aunque la tarde anterior los chicos nos desmadrásemos con ella y hubiera terminado rebozada de tierra en el parque de enfrente, o completamente mojada por el agua de la boca de incendios. Martha
tenía una sonrisa para ti, una mueca de felicidad que no escondía ninguna buena historia; sonreír siempre, pase lo que pase, solo puede significar que tienes un sitio peor en el que estar, un infierno particular donde temes arder hasta el fin de los días, o de la paciencia. Un agujero que ya lleva tu nombre. Conocer de cerca la auténtica mierda le hacía sonreír ante mierdecillas simpáticas como los chicos y yo.
fotos Brasai