Mr. Blank ha cerrado finalmente su ojos rendido bajo el peso de la montaña de escombros que la marea, durante el día, ha amontonado en su playa mental. Anna -Anna Blume- se detiene bajo el marco blanco de la puerta blanca. Un último vistazo a la estancia en penumbra. Siente el frío pomo de porcelana blanca en la mano. La luz del pasillo arrastra la sombra de su cuerpo por las tablas de madera del suelo hasta la cama, la sube en ella y moldea la Masa de bultos y vacíos ondulantes en que se ha convertido el viejo, dormido, por fin, bajo las sábanas. Blancas.
Y cae pesada la ligera última página de Travels in the scriptorium.
La oscuridad sigue reinando en el avión, aunque la gente, cansada de probar de dormir, se pasea, entreabre ventanas, pide agua, mea. Yo estrujo el librito de Paul Auster. y miro al cielo. que aquí, en el cielo, no es más que plástico gris y lucecitas. No fumar. Átate el cinturón. La chica que hay entre yo y la ventana, a mi izquierda, adormilada, busca la postura intentando no perder la diminuta manta y no se duerme hasta que, sin que se de cuenta, la cubro con la mía. Yo busco en el aire, presurizado, lleno de vahos y sueños, algún hilo, alguna historia. Un cuento. Pero nada. Todo principio se desvanece y es aspirado por la ventilación y lanzado a miles de metros del suelo. O es filtrado y vuelto a meter. Más frío. Impoluto. Nada.
Al más puro estilo Mecano sueño que soy aire, y no por soñar, sino porqué así me siento. Voy perdiendo en el cielo cualquier cosa parecida a un pensamiento. Sin dejar rastro de lo que hubo, mi cerebro se contrae hasta lo más ínfimo, elije un punto en medio del vacío de mi cráneo y genera allí una mota de polvo liviana, casi transparente, que, de oreja a oreja, una corriente de aire la recoge, la saca de mi cuerpo, la levita, la mezcla con el aliento somnífero de mi vecina y se van, juntos, al espacio exterior. Y caerá. La mota caerá. Caerá y se dejará mecer por un soplo fresco del mar Muerto hacia tierra, tomará la callejuela que da a la plaza, ascenderá al segundo empujada por el calor del pavimento, se dejará invitar por el refugio templado de una habitación en siesta y un gato, negro, por supuesto, levantará la cabeza, seguirá con la mirada el ondulante baile de la mota y leerá todos mis secretos. Es básicamente por eso que los gatos, a veces, echan a correr sin más.