t’estimbo

1 01 2012

t’estimo en B

quan no mires

respires

i compto els batecs

 

t’estimo en B

m’amago

no declaro ni veig el moment

de fer la factura

d’aquest amor negre

que creix a esquenes del contribuent

 

per sota la taula

circulen els sobres

farcits de carícies

que no constaran

petons submergits

que alimenten rajoles

moments transparents

no cotitzaran

 

mort de pols

s’obrirà una coixinera

atracció de soroll a paper

bitllets blancs per terra

formigues inertes

moneda ja lluny del carrrer





martha

1 11 2011

Martha era siempre la primera en llegar y la que terminaba quedándose sola en la escalera. Fueras a la hora que fueras, ella ya estaba ahí. Según que días, realmente parecía que había pasado la noche apoyada en la barandilla, fumando; la misma ropa, el mismo despeinado, el mismo semblante agotado, pero sonriente. Siempre se alegraba de verte. Aunque la tarde anterior los chicos nos desmadrásemos con ella y hubiera terminado rebozada de tierra en el parque de enfrente, o completamente mojada por el agua de la boca de incendios. Martha tenía una sonrisa para ti, una mueca de felicidad que no escondía ninguna buena historia; sonreír siempre, pase lo que pase, solo puede significar que tienes un sitio peor en el que estar, un infierno particular donde temes arder hasta el fin de los días, o de la paciencia. Un agujero que ya lleva tu nombre. Conocer de cerca la auténtica mierda le hacía sonreír ante mierdecillas simpáticas como los chicos y yo.

fotos Brasai





lunes vino pecas

3 10 2011

me doy cuenta de cosas

nada nuevo

salta lo evidente al frente

cosas de esas que no quiero escuchar

dibujos que llenaría con otros colores

puntos numerados

marcando lineas

perfiles

que trazan

sombras

que cubren luces

que iluminan

los rincones que ayer barrimos a duo

a ciegas

queriendo

querer

queriendo





¿soñar? siempre.

19 09 2011

mientras tu roncabas

yo soñaba

y dejé lo de soñar a otros

para abrirle un siete al tiempo





“sleep well Mr. Blank. Lights out”

24 07 2011

Mr. Blank ha cerrado finalmente su ojos rendido bajo el peso de la montaña de escombros que la marea, durante el día, ha amontonado en su playa mental. Anna -Anna Blume- se detiene bajo el marco blanco de la puerta blanca. Un último vistazo a la estancia en penumbra. Siente el frío pomo de porcelana blanca en la mano. La luz del pasillo arrastra la sombra de su cuerpo por las tablas de madera del suelo hasta la cama, la sube en ella y moldea la Masa de bultos y vacíos ondulantes en que se ha convertido el viejo, dormido, por fin, bajo las sábanas. Blancas.

Y cae pesada la ligera última página de Travels in the scriptorium.

La oscuridad sigue reinando en el avión, aunque la gente, cansada de probar de dormir, se pasea, entreabre ventanas, pide agua, mea. Yo estrujo el librito de Paul Auster. y miro al cielo. que aquí, en el cielo, no es más que plástico gris y lucecitas. No fumar. Átate el cinturón. La chica que hay entre yo y la ventana, a mi izquierda, adormilada, busca la postura intentando no perder la diminuta manta y no se duerme hasta que, sin que se de cuenta, la cubro con la mía. Yo busco en el aire, presurizado, lleno de vahos y sueños, algún hilo, alguna historia. Un cuento. Pero nada. Todo principio se desvanece y es aspirado por la ventilación y lanzado a miles de metros del suelo. O es filtrado y vuelto a meter. Más frío. Impoluto. Nada.

Al más puro estilo Mecano sueño que soy aire, y no por soñar, sino porqué así me siento. Voy perdiendo en el cielo cualquier cosa parecida a un pensamiento. Sin dejar rastro de lo que hubo, mi cerebro se contrae hasta lo más ínfimo, elije un punto en medio del vacío de mi cráneo y genera allí una mota de polvo liviana, casi transparente, que, de oreja a oreja, una corriente de aire la recoge, la saca de mi cuerpo, la levita, la mezcla con el aliento somnífero de mi vecina y se van, juntos, al espacio exterior. Y caerá. La mota caerá. Caerá y se dejará mecer por un soplo fresco del mar Muerto hacia tierra, tomará la callejuela que da a la plaza, ascenderá al segundo empujada por el calor del pavimento, se dejará invitar por el refugio templado de una habitación en siesta y un gato, negro, por supuesto, levantará la cabeza, seguirá con la mirada el ondulante baile de la mota y leerá todos mis secretos. Es básicamente por eso que los gatos, a veces, echan a correr sin más.





joana

24 07 2011

me vas a permitir

que te guarde unos instantes

unos días

que me duerma hoy pensando en ti

deja que te robe y me lleve hasta mi cama la sonrisa menuda

déjame cerrar con los dedos de la imaginación la oscuridad queda de los ojos que agarraron el tiempo y mis pensamientos para trenzar colores pardos como las historias que tu piel me contó mientras me pareció que te escuchaba

y te entendía

y que tu boca chica decía

y callaba

y en lo que callaba yo jugaba

y tu reías

y los castillos

esos castillos míos

empezaban a crecer en el aire como remolinos de hojas secas que vuelan a ningún lugar





cálido

18 07 2011

te veo. No te veo, pero casi te veo. A pesar de que me cuesta recordar tu cara frente a mi, sin pantallas, la fijo transparente sobre el cristal que te separa del frío y del mundo. Ojeras incomprendidas muestran su enfado a tu falta de sueño. Tu sonrisa antidisturbios disuelve la manifestación y roza las líneas difusas de lo que queda del paisaje al dividirlo por la velocidad. Las horas sólo son horas dentro del calidoscopio. Tu, carretera, verdes, abrigo, vacas, sueños, risa, casas, rojos, empanada, azul, roca, promesas, caballo, vieja. Pedacitos chicos de cristal construyen el caos en el aire caliducho que te mece.

Y un alguien, de los que se sientan a ver pasar los coches, te toma por idiota. Porqué sólo los idiotas sonreímos dentro de un autobús.





ser un record casual

13 07 2011

imagina’t que avui fa
disset anys
cinc mesos
dinou dies
que he mort
i al canal trenta-sis
d’aquí set segons
un anunci
tindrà una melodia
remotament semblant a allò que un dia tu i jo vam cantar
i al canal trenta-dos, el temps
i al canal trenta-tres, gavines
i al canal trenta-quatre, novel·la
i al canal trenta-cinc, guaita, sembla que comença una peli
i ser un record casual que no ha sigut
i poder ser-ho tot
i poder no ser res





recordant records

12 06 2011

una amiga m’ha demanat recordar records.

peloteando

podría contar uno a uno los pasos. Los doy con tanta exactitud como paciencia. Necesidad hecha virtud del que no puede hacer otra cosa que caminar con exactitud y paciencia. Abrir la puerta de par en par. Girarme. Coger la silla por el respaldo. Dos pasos. Dejar la silla en la acera. Girarme. Tres pasos. Coger la revista del taburete del recibidor. Girarme. Dos pasos. Girarme. Cerrar la puerta. Girarme. Un paso. Dejar la revista en el asiento de la silla. Coger la silla por el respaldo. Mirar a un lado. Mirar al otro. Mirar al cielo y decidir si me quedo al sol o cruzo a la sombra. Me quedaré un rato al sol. Poner la silla a un lado de la puerta. Media vuelta. Culo silla. Silla culo. Hecho.

cierro los ojos y levanto la cara a un sol de mayo a las diez y cuarenta y dos. Sol de siembra juntos. Sol de poner un par de ladrillos más y nos vamos a desayunar. Sol de sacar un buen manojo de patatas de un tirón. Sol de llevarte de la mano por la primera playa de una primavera que se cree verano. Sol de tender el mantel bueno para mañana. Sol de verte correr bajo los naranjos, como corría tu padre. Sol de patio. Sol de esperar que deje de llover metal. Sol del último miércoles que pasó Terio. Que cabrón Terio. Como lo echo de menos, el muy cabrón. Jugar, él y yo, durante horas a la pelota que nos quedaba, la memoria. Pasarla. Moverla entre las manos. Compartirla. Botarla. Lanzarla lejos y que vuelva sola. Y ahora, ¿quien no ha jugado a la pelota contra una pared? Solo con la pelota en el patio. Solo con la pelota en la calle. El niño se vuelve humo y la pelota se queda, sola, al sol de mayo, sin que nadie la patee; sin que nadie saque el niño a jugar.

—–

rasguños

ahora sangras. Pareces honda, imparable y para siempre. Dueles como ninguna y te maldigo como si fueras la primera. Cierro el puño. Te miro. Y entonces te veo rodeada de otras que fueron algún día tan como tu hoy; y hoy son menos que una herida. Poco más que una línea blanca. Algunas ya desaparecidas. Sus momentos de gloria van cayendo lentamente en el pozo del olvido, del que bebe la experiencia y se nutre la paciencia que ahora me perfila la pequeña sonrisa que me provoca mirarte.

—-

aceite de oliva

un no lugar. Un no lugar es un sitio que se repite, un sitio donde, a pesar de los miles de kilómetros, de las horas de vuelo, no te pierdes. Norte de Australia, Darwin, supermercados Woolworth, sección de conservas, salsas y aliños. Aceite de oliva. Made in Spain. Medio litro por 4,99$. Es así de fácil volver a casa. Preparar una ensalada en una cocina de albergue llena de trastos desordenados, sucia, rodeado de idiomas extraños que preparan recetas extrañas y básicas de subsistencia. Pepinillo, lechuga, espinaca, tomate, zanahoria, champiñones, espirales de colores, aceite de oliva, balsámico robado de módena. Carlton Black. Y sombra en la terraza. Ensalada fresca en la terraza. He vuelto al verano que vine buscando y me abandonó en el sur, enterrado entre miles de hojas de colores suicidas. Y entre soles mi piel se siente en casa, en noches de ventana abierta, en madrugadas de calles frescas paseadas en chancletas.

Solo me faltas tu.

Esta noche haré tortilla de patatas. Compraré un tomate maduro, huevos, una patata, una cebolla pequeña. Ya tengo pan y un tinto. Australiano, pero tinto. Pan con tomate, tortilla de patatas, tinto. Y aceite de oliva. Cociné una tortilla con aceite de arroz. Otra con mantequilla. ¡Mantequilla! Me supieron a beso de alguien que nunca te ha besado y que besas para callar el nombre que quisieras besar.

—–

eres sal en siesta

el verano amasa la tarde, la retuerce, la estira, la aplana, la alarga. Y a mi con ella. Extiende los minutos de una brisa que no corre hacia un anochecer que, aunque no lo parezca, llega cada día más temprano. Los ojos no se terminan de cerrar, no se acaban de abrir, temerosos de los rayos que sortean, hoja tras hoja, la sombra verde oscuro del ficus más grande de la historia. Cubierta solo por el silencio de mi piel frotándose con la tela dura y maltratada de la hamaca, busco ese lado en el que me tumbo y me arropo yo a mi misma, sola, arropada por nadie y a la vez por todos los cuerpos de ayer. Mis labios caen sobre mi brazo y huelen el sabor del mar, y dándose una licencia poética lo saborean tímidamente. Y juegan en la punta de mi lengua los susurros de las olas que esta mañana bebí contigo sin ti. En la corta y cambiante cala, la escondida, la que fue en su día -mi día, tu día- nuestra Normandía. Tu perdida, yo perdiéndome, decidimos sin quererlo enterrar mapas y relojes en la arena, lejos de los caminos entre pinos que llevaban a cualquier lugar. Y la mañana, sin ser tarde, se hizo tarde y oscura y pintó de negro perla los rincones de nuestra máquina de parar el tiempo, nuestro secreto, nuestro momento, que metimos en una botella y tiramos al primer mar cuando amaneció. Ese mar de ayer, de hoy, y que mañana volverá a traer, entre sal y sol, el calor de tu boca perfilando mi cuerpo, tumbada en la orilla de un recuerdo que nunca sabré si fue.

—-

pendiendo del ayer

Existe en mi ciudad. Lo he visto en una esquina del barrio histórico, antiguo, achacoso como él. Dos calles etrechas, sin coches, se encuentran en un ángulo abierto, adiós a los noventa grados; antojos de callejas viejas. No tiene horarios fijos. Como un perro, aparece en su rincón en el mejor momento del día. En invierno un ratito por la mañana, un ratito por la tarde, justo cuando el sol llena una o la otra calle de cálido enero. En verano persigue la sombra, se esconde al mediodia, alarga las noches bajo el farol. Sonríe a las panaderas, que le ponen un café teik-auei. Siempre se lo trae Marta, que aprovecha para fumarse un piti. Mandar un sms. Ella saca el mechero. Él moja sus labios, lento. Se sonrien. Lo deja en el suelo, al lado de su carrito rojo. Con la prisa del tiempo, desata el cordel que sujeta el pequeño taburete de mimbre y pino. Lo coloca ante las puertecitas rojas con filigranas doradas y se sienta, de espaldas a la calle. Con dedos finos y ya temblorosos caza en su pecho una llave pequeña, casi de un diario adolescente, negra, que a la tercera acierta en el cerrojo. Y se abren dos puertas. Desaparecen sus manos dentro de la caja. Clic. Clic. Se abren dos más. El terciopelo negro se despereza al sol. Tenso en las paredes y el suelo, colgante al fondo; cortinas. Toma entre las manos el café y sorbe un par de tragos paseando la mirada por los rincones del armario, por las bisagras doradas, por los parches que solo él ve porqué solo él sabe donde están. Él los cosió. Deja el café en el suelo, cerca de la pared que utiliza para apoyar su mano, levantar ese largo cuerpo, desentumecer las rodillas. Y rodea el pequeño teatro rojo, dorado y negro. Esconde el taburete. Se coloca entre los tres palmos que separan el edificio del carrito. Haga el invierno que haga, entonces, se sube las mangas, estira los dedos y levanta el tejado, la tapa, que corona, con su máscara sonriente, su máscara triste, doradas, el proscenio del teatrillo. Desaparecen tras la tablilla sus manos. Trajinan apagados ruidos. El telón negro tiembla. Sus manos se levantan sujetando maderas e hilos. Hilos que se escurren entre las cortinas negras y salen a escena. Hilos. Una docena de hilos blancos saltironean sobre el suelo negro, ante el fondo negro. Ahora reposan en un rincón. Ahora, enérgicos, casi salen a la calle! Y ahí, en la calle, en ese rincón rojo, dorado y negro, se paran los que tuercen la esquina, y unos tuercen una mueca, y otros doblan la sonrisa, mientras en las puntas de esos hilos pende lo que cada uno fue ayer.





quan l’avi marxa

4 06 2011

Passem tota la vida sabent que l’avi ha de marxar. Està escrit a la pell, al solc de cada arruga que ens separa. Cada estona que compartim té de fons la melodia d’un finit captivador, d’una atemporalitat que sols compartim els néts amb els avis; els que acabem d’arribar, nus, amb els que, també nus, ho deixen tot enrere. Entremig de nosaltres queden aquells als que tot importa. Per ells la vida és tan eterna com les cabòries. En algun moment van oblidar, i encara no han arribat a entendre, que un dia no van ser-hi i que un dia no hi seran.

I en aquesta nostra anarquia del calendari, sortim al carrer despentinats després d’una bona siesta, i ballem a la festa major amb un nen, amb una nena, rodejats de viudes que abracen viudes i remenen el cul. I “descansem la mirada” amb la boca oberta al bus. I parlem amb el primer que passa. I amb el segon. I estimem; simplement estimem. Estimem a qui ens fa riure, a qui ens abraça, a qui ve a sopar, a qui ens acotxa. A qui recorda el tallat curt, templat, descremat, sense sucre però amb cullereta. A qui ens regala un cucurutxo buit. Estimem a qui ens estima, d’aprop o de lluny, a qui omple amb el seu granet el nostre rellotge de sorra; rellotge que abans no hi era, rellotge que tard o d’hora no hi serà.








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