una amiga m’ha demanat recordar records.
peloteando
podría contar uno a uno los pasos. Los doy con tanta exactitud como paciencia. Necesidad hecha virtud del que no puede hacer otra cosa que caminar con exactitud y paciencia. Abrir la puerta de par en par. Girarme. Coger la silla por el respaldo. Dos pasos. Dejar la silla en la acera. Girarme. Tres pasos. Coger la revista del taburete del recibidor. Girarme. Dos pasos. Girarme. Cerrar la puerta. Girarme. Un paso. Dejar la revista en el asiento de la silla. Coger la silla por el respaldo. Mirar a un lado. Mirar al otro. Mirar al cielo y decidir si me quedo al sol o cruzo a la sombra. Me quedaré un rato al sol. Poner la silla a un lado de la puerta. Media vuelta. Culo silla. Silla culo. Hecho.
cierro los ojos y levanto la cara a un sol de mayo a las diez y cuarenta y dos. Sol de siembra juntos. Sol de poner un par de ladrillos más y nos vamos a desayunar. Sol de sacar un buen manojo de patatas de un tirón. Sol de llevarte de la mano por la primera playa de una primavera que se cree verano. Sol de tender el mantel bueno para mañana. Sol de verte correr bajo los naranjos, como corría tu padre. Sol de patio. Sol de esperar que deje de llover metal. Sol del último miércoles que pasó Terio. Que cabrón Terio. Como lo echo de menos, el muy cabrón. Jugar, él y yo, durante horas a la pelota que nos quedaba, la memoria. Pasarla. Moverla entre las manos. Compartirla. Botarla. Lanzarla lejos y que vuelva sola. Y ahora, ¿quien no ha jugado a la pelota contra una pared? Solo con la pelota en el patio. Solo con la pelota en la calle. El niño se vuelve humo y la pelota se queda, sola, al sol de mayo, sin que nadie la patee; sin que nadie saque el niño a jugar.
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rasguños
ahora sangras. Pareces honda, imparable y para siempre. Dueles como ninguna y te maldigo como si fueras la primera. Cierro el puño. Te miro. Y entonces te veo rodeada de otras que fueron algún día tan como tu hoy; y hoy son menos que una herida. Poco más que una línea blanca. Algunas ya desaparecidas. Sus momentos de gloria van cayendo lentamente en el pozo del olvido, del que bebe la experiencia y se nutre la paciencia que ahora me perfila la pequeña sonrisa que me provoca mirarte.
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aceite de oliva
un no lugar. Un no lugar es un sitio que se repite, un sitio donde, a pesar de los miles de kilómetros, de las horas de vuelo, no te pierdes. Norte de Australia, Darwin, supermercados Woolworth, sección de conservas, salsas y aliños. Aceite de oliva. Made in Spain. Medio litro por 4,99$. Es así de fácil volver a casa. Preparar una ensalada en una cocina de albergue llena de trastos desordenados, sucia, rodeado de idiomas extraños que preparan recetas extrañas y básicas de subsistencia. Pepinillo, lechuga, espinaca, tomate, zanahoria, champiñones, espirales de colores, aceite de oliva, balsámico robado de módena. Carlton Black. Y sombra en la terraza. Ensalada fresca en la terraza. He vuelto al verano que vine buscando y me abandonó en el sur, enterrado entre miles de hojas de colores suicidas. Y entre soles mi piel se siente en casa, en noches de ventana abierta, en madrugadas de calles frescas paseadas en chancletas.
Solo me faltas tu.
Esta noche haré tortilla de patatas. Compraré un tomate maduro, huevos, una patata, una cebolla pequeña. Ya tengo pan y un tinto. Australiano, pero tinto. Pan con tomate, tortilla de patatas, tinto. Y aceite de oliva. Cociné una tortilla con aceite de arroz. Otra con mantequilla. ¡Mantequilla! Me supieron a beso de alguien que nunca te ha besado y que besas para callar el nombre que quisieras besar.
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eres sal en siesta
el verano amasa la tarde, la retuerce, la estira, la aplana, la alarga. Y a mi con ella. Extiende los minutos de una brisa que no corre hacia un anochecer que, aunque no lo parezca, llega cada día más temprano. Los ojos no se terminan de cerrar, no se acaban de abrir, temerosos de los rayos que sortean, hoja tras hoja, la sombra verde oscuro del ficus más grande de la historia. Cubierta solo por el silencio de mi piel frotándose con la tela dura y maltratada de la hamaca, busco ese lado en el que me tumbo y me arropo yo a mi misma, sola, arropada por nadie y a la vez por todos los cuerpos de ayer. Mis labios caen sobre mi brazo y huelen el sabor del mar, y dándose una licencia poética lo saborean tímidamente. Y juegan en la punta de mi lengua los susurros de las olas que esta mañana bebí contigo sin ti. En la corta y cambiante cala, la escondida, la que fue en su día -mi día, tu día- nuestra Normandía. Tu perdida, yo perdiéndome, decidimos sin quererlo enterrar mapas y relojes en la arena, lejos de los caminos entre pinos que llevaban a cualquier lugar. Y la mañana, sin ser tarde, se hizo tarde y oscura y pintó de negro perla los rincones de nuestra máquina de parar el tiempo, nuestro secreto, nuestro momento, que metimos en una botella y tiramos al primer mar cuando amaneció. Ese mar de ayer, de hoy, y que mañana volverá a traer, entre sal y sol, el calor de tu boca perfilando mi cuerpo, tumbada en la orilla de un recuerdo que nunca sabré si fue.
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pendiendo del ayer
Existe en mi ciudad. Lo he visto en una esquina del barrio histórico, antiguo, achacoso como él. Dos calles etrechas, sin coches, se encuentran en un ángulo abierto, adiós a los noventa grados; antojos de callejas viejas. No tiene horarios fijos. Como un perro, aparece en su rincón en el mejor momento del día. En invierno un ratito por la mañana, un ratito por la tarde, justo cuando el sol llena una o la otra calle de cálido enero. En verano persigue la sombra, se esconde al mediodia, alarga las noches bajo el farol. Sonríe a las panaderas, que le ponen un café teik-auei. Siempre se lo trae Marta, que aprovecha para fumarse un piti. Mandar un sms. Ella saca el mechero. Él moja sus labios, lento. Se sonrien. Lo deja en el suelo, al lado de su carrito rojo. Con la prisa del tiempo, desata el cordel que sujeta el pequeño taburete de mimbre y pino. Lo coloca ante las puertecitas rojas con filigranas doradas y se sienta, de espaldas a la calle. Con dedos finos y ya temblorosos caza en su pecho una llave pequeña, casi de un diario adolescente, negra, que a la tercera acierta en el cerrojo. Y se abren dos puertas. Desaparecen sus manos dentro de la caja. Clic. Clic. Se abren dos más. El terciopelo negro se despereza al sol. Tenso en las paredes y el suelo, colgante al fondo; cortinas. Toma entre las manos el café y sorbe un par de tragos paseando la mirada por los rincones del armario, por las bisagras doradas, por los parches que solo él ve porqué solo él sabe donde están. Él los cosió. Deja el café en el suelo, cerca de la pared que utiliza para apoyar su mano, levantar ese largo cuerpo, desentumecer las rodillas. Y rodea el pequeño teatro rojo, dorado y negro. Esconde el taburete. Se coloca entre los tres palmos que separan el edificio del carrito. Haga el invierno que haga, entonces, se sube las mangas, estira los dedos y levanta el tejado, la tapa, que corona, con su máscara sonriente, su máscara triste, doradas, el proscenio del teatrillo. Desaparecen tras la tablilla sus manos. Trajinan apagados ruidos. El telón negro tiembla. Sus manos se levantan sujetando maderas e hilos. Hilos que se escurren entre las cortinas negras y salen a escena. Hilos. Una docena de hilos blancos saltironean sobre el suelo negro, ante el fondo negro. Ahora reposan en un rincón. Ahora, enérgicos, casi salen a la calle! Y ahí, en la calle, en ese rincón rojo, dorado y negro, se paran los que tuercen la esquina, y unos tuercen una mueca, y otros doblan la sonrisa, mientras en las puntas de esos hilos pende lo que cada uno fue ayer.